
Revista Cientíca Multidisciplinaria ULEAM Bahía Magazine (UBM)
Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí (ULEAM) - Ecuador
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El gráco de barras muestra que las dimensiones con mayores
puntajes promedio son:
• Motivación (4.4) y Autoconciencia (4.2), lo cual indica una
fuerte capacidad de las personas para mantenerse orientadas hacia
metas y con un buen conocimiento de sus emociones.
• En contraste, Empatía (3.7) y Autorregulación (3.8) presentan
valores más bajos, lo que podría sugerir áreas de mejora en la
gestión emocional ante situaciones difíciles y en la capacidad
para comprender a los demás.
Estos resultados reejan un perl emocional positivo, aunque
con oportunidades claras de desarrollo interpersonal y de control
emocional.
Correlación entre IE y Liderazgo
El gráco de dispersión muestra una relación lineal positiva entre
el puntaje promedio de IE y la percepción de liderazgo ecaz. La
línea de regresión indica que, a mayor inteligencia emocional,
mayor es la valoración del liderazgo.
Este patrón respalda teorías actuales sobre la importancia de
la IE en el liderazgo, donde habilidades como la empatía,
autorregulación y motivación juegan un papel clave en la
conducción de equipos y en la toma de decisiones ecaces.
Aunque no se calculó el coeciente de correlación (r), visualmente
la tendencia es clara y consistente.
A partir del análisis realizado, se desprende que los participantes
maniestan un desarrollo saludable de su inteligencia emocional,
con especial fortaleza en la motivación personal y la conciencia
de sí mismos. Estas dos dimensiones parecen estar bien
interiorizadas, lo cual no es menor, ya que constituyen pilares
fundamentales para la toma de decisiones y la perseverancia
frente a desafíos.
No obstante, el hecho de que las dimensiones de empatía y
autorregulación emocional hayan arrojado puntajes ligeramente
más bajos merece atención. Esto podría estar indicando una
dicultad para gestionar emociones en situaciones de presión o
para conectar emocionalmente con los demás de forma efectiva,
aspectos cruciales cuando se trata de liderazgo y trabajo en
equipo.
El segundo gráco refuerza esta reexión: se observa una
relación directa entre los niveles de IE y la percepción de
liderazgo efectivo. En otras palabras, quienes puntúan más alto en
inteligencia emocional tienden a ser percibidos como líderes más
competentes. Esto abre una ventana de oportunidad para reforzar
programas de formación que integren habilidades blandas como
parte fundamental del liderazgo organizacional.
Finalmente, el desglose por pregunta ofrece un mapa detallado
de fortalezas y debilidades. Algunos ítems muestran niveles bajos
de respuestas positivas, lo que podría estar asociado a una menor
conciencia o práctica de ciertas habilidades emocionales. Esto
permite un abordaje más especíco, orientado a fortalecer áreas
puntuales mediante talleres o sesiones de coaching.
Recomendaciones
1.Formación focalizada: Implementar sesiones formativas que
trabajen especialmente la empatía y la autorregulación emocional,
mediante dinámicas vivenciales y role-playing.
2.Evaluaciones individuales: Utilizar los resultados por ítem
como herramienta diagnóstica para generar planes de desarrollo
personalizados.
3.Desarrollo de liderazgo emocional: Integrar la IE en programas
de liderazgo, destacando su impacto en la gestión de equipos y la
toma de decisiones.
4.Monitoreo a largo plazo: Repetir la evaluación en períodos
regulares para medir avances y ajustar estrategias.
Conclusiones
Los hallazgos de esta investigación permiten armar, con
fundamento estadístico y respaldo empírico, que la inteligencia
emocional constituye un eje articulador en el ejercicio de un
liderazgo ecaz dentro de organizaciones complejas como Veolia
S.A. de C.V.
Las dimensiones evaluadas, en particular la motivación y la
autoconciencia, mostraron un impacto directo en la forma en que
los individuos gestionan los equipos, resuelven conictos y se
adaptan a escenarios cambiantes.
Esta realidad adquiere un carácter especialmente relevante en
contextos laborales donde el factor humano es determinante para
el logro de los objetivos institucionales.
Desde una perspectiva más amplia y humanizada, el estudio ha
permitido constatar que no basta con poseer habilidades técnicas
o experiencia directiva para liderar con ecacia. Es necesario
un compromiso profundo con el autoconocimiento, la gestión
emocional y la capacidad de conectar genuinamente con los
demás. Aquellos líderes que muestran un mayor dominio de sus
emociones, que inspiran con su ejemplo y que promueven una
comunicación empática, son percibidos no solo como ecientes,
sino como referentes capaces de transformar su entorno.
Esta investigación no solo valida la importancia de la inteligencia
emocional en la práctica directiva, sino que también plantea una
invitación a repensar los procesos de selección y formación de
líderes en las organizaciones.
Urge incorporar programas de desarrollo emocional que permitan
construir liderazgos más humanos, resilientes y conscientes,
capaces de enfrentar con sensibilidad los desafíos del siglo XXI.
Finalmente, el estudio deja abierto un campo fecundo para
futuras investigaciones que profundicen en las implicaciones
de la inteligencia emocional en otros contextos productivos y
culturales.
Formar líderes emocionalmente competentes no debe ser un lujo ni
una tendencia pasajera, sino una política institucional permanente
orientada a dignicar el trabajo, fortalecer la convivencia y
potenciar el sentido ético de la gestión organizacional.