
Revista Cientíca Multidisciplinaria ULEAM Bahía Magazine (UBM)
Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí (ULEAM) - Ecuador
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Introducción
La Violencia Íntima de Pareja (VIP) es una problemática
sociohistórica sostenida de las múltiples laceraciones a los
derechos humanos de las mujeres (Ponte-González et al., 2023)
y donde convergen las concepciones del amor de cada persona
involucrada, pero también donde se reproducen desigualdades,
dispositivos de control y dinámicas de dependencia (Lagarde,
2022); además, sustentada en la desigualdad mediante la
violencia de género (Moreno-Polo et al., 2025), internalización
de mandatos machistas (Lagarde, 2018) y la consolidación del
ámbito privado como otro territorio para el dominio y control
contra las mujeres (Sánchez, 2018).
El entramado de la violencia se consolida paulatinamente a partir
de diversas estructuras resistentes y permeables en la cultura,
comunidad, así como en la educación. El reconocimiento de los
mandatos de género y el amor romántico como cimientos de la
VIP coinciden con el hallazgo de González y Rodríguez-Planas
(2020), considerando que la a menor igualdad de género, mayor
nivel de violencia contra las mujeres.
Por lo tanto, la violencia contra las mujeres constituye un
fenómeno grave que vulnera los derechos humanos e incide
en la salud pública, con alcances en la salud física y mental
(Organización Panamericana de la Salud [OPS], 2014). Esta
modalidad de violencia ha sido referida por la Organización
Mundial de la Salud ([OMS], 2013), como cualquier acción desde
el ámbito psicológico, físico, sexual, económico y/o patrimonial,
incluyendo la agresión física o conductas coercitivas tanto
psicológica como sexualmente ejercidas por parejas o exparejas,
al inicio – durante – n de la relación sentimental.
Desde temprana edad, las mujeres se integran a una dinámica de
cuidado y ser para el otro como parámetro de la calidad y claridad
del vínculo que sostienen (Aberreguere et al., 2025); como lo
identicado por Hoppstadius (2021) respecto la intersección
de categorías sociales en cada caso, sesgos heteronormada,
desigualdad social y centrar la responsabilidad de ser víctimas por
las dicultades para salir de una relación con dinámica violenta.
A través de los años, esta modalidad de violencia ha permeado
en otras y expresado en los tipos tales como: psicológico, físico,
sexual, patrimonial, económico y simbólico; no obstante, lo
personal es político, por lo cual también se involucran aspectos
económicos, sociales, geográcos, educativos, culturales, legales
y de salud. Según el análisis de Segato (2016), se advierte que
la violencia contra las mujeres no es un acto individual, sino un
mensaje que rearma un orden patriarcal y colonial; mientras que
Lagarde (2005) conceptualiza el cautiverio amoroso como una
forma de subordinación afectiva sostenida por representaciones
culturales que idealizan el sufrimiento femenino. Estas nociones
evidencian que la violencia íntima es, ante todo, una práctica
social de control simbólico que se disfraza de vínculo emocional.
El estudio del Crecimiento Postraumático (CPT) en las mujeres
sobrevivientes de violencia íntima por su pareja, permiten la
revisión de los diversos procesos para la translaboración de las
experiencias y la reconstrucción de las creencias sobre sí mismas,
las demás personas y del mundo en general, aspectos increpados
debido al impacto del suceso traumático en las víctimas de
violencia íntima por pareja (Calhoun et al., 2010).
En México y España, su persistencia se reeja en estadísticas que
revelan la normalización del maltrato y el silenciamiento de las
víctimas. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica
de las Relaciones en los Hogares [ENDIREH] (2021), el 70 % de
las mujeres mexicanas ha experimentado algún tipo de violencia a
lo largo de su vida; especícamente en el caso de Coahuila, Pérez
(2025) indicó que las agresiones están relacionadas con el contexto
feminicida tanto de parejas como exparejas, siendo el uso de
armas blancas y conductas intencionadas a generar daño extremo
(privar la vida de las mujeres); donde la dependencia asociada al
mantenimiento y ejercicio de violencias ha sido investigada por
Pérez Aranda y Estrada-Carmona (2024) en parejas del sureste de
México. Cabe destacar que la interdependencia de la violencia no
solo se ha manifestado en los tipos, sino también en la modalidad,
en concreto con la intrafamiliar con 2 mil 123 casos reportados en
los primeros meses (Miranda, 2025).
En el País Vasco, los datos del Euskal Estatistika Erakundea
(2023) señalan que cerca del 10 % de las mujeres ha sido víctima
de violencia física o psicológica por parte de su pareja. En 2024,
5.634 mujeres fueron contabilizadas como víctimas conocidas de
violencia machista (violencia contra las mujeres), según datos
ociales difundidos por el Gobierno Vasco (2025), además del
reporte en los juzgados especializados de Euskadi contando con
el registro de 1, 603 mujeres víctimas en el primer trimestre
(enero–marzo) 2025 (Poder Judicial, 2025) y en la Estadística de
Violencia Doméstica y Violencia de Género [EVDVG] del 2024,
se registraron 766 órdenes/medidas de protección judiciales
relacionadas con violencia de género contra mujeres vascas.
Desde una perspectiva de la psicología social de la salud, de
género y feminista, se integra la comprensión de la violencia
íntima implica reconocer que el daño no se limita a las heridas
físicas o emocionales, sino que atraviesa el tejido de signicados
sociales que conguran lo que se considera amor, sacricio
o perdón; inclusive Duarte (2020) estableció al componente
relacional en la interacción desde la simetría para establecer y
mantener esta dinámica con una visión sistemática. De tal forma
que, las representaciones construidas desde la colectividad
maniestan el pensamiento social adherido a cada persona que
le pertenece, siendo la Teoría de las Representaciones Sociales
(TRS), una guía de aproximación al estudio de las concepciones y
creencias, aportando numerosas herramientas hermenéuticas para
el entendimiento de este fenómeno (1979).
La TRS será el hilo central que dará sentido al tejido de esa
argumentación, por cuanto dicha teoría pretende dar cuenta de las
mediaciones entre la vida social y la vida individual. En realidad,
las representaciones sociales son estructuras simbólicas que se
originan tanto en la capacidad creativa del psiquismo humano
como en las fronteras que impone la vida social (Guareschi y
Jovchelovitch, 1995; cómo se citó en Bruel, 2008).