mecanismos financieros que extrajeron valor sin generar riqueza tangible. Esta tensión
afectó las condiciones materiales de vida de amplios sectores sociales, aun cuando los
indicadores macroeconómicos tradicionales, como el Producto Interno Bruto (PIB),
reflejaron expansiones comerciales continuas. La velocidad de este proceso resignificó
las funciones tradicionales del Estado y obligó a examinar las raíces institucionales de la
asimetría distributiva contemporánea, en un escenario donde el crecimiento de los
agregados monetarios dejó de traducirse en bienestar material real.
Esta mutación funcional dio lugar dio lugar a una problemática crítica para la gestión
pública: la transformación de la seguridad jurídica, originalmente diseñada para proteger
la innovación y el riesgo productivo, en un blindaje normativo que facilitó la captura de
rentas pasivas. Este proceso se vinculó con la denominada economía de peaje, un modelo
donde el patrón de acumulación contemporáneo no se sustentó en la inversión fabril ni en
la competencia de mercado, sino en el control oligopólico de activos esenciales
privatizados —desde la vivienda básica hasta la infraestructura digital—. El rentista
neofeudal, lejos de producir nuevos bienes, limitó su actividad a imponer un derecho de
acceso sobre recursos indispensables para la reproducción social, generando ingresos a
partir de la exclusión y la coacción legal (Hudson, 2018; Mazzucato, 2019).
Bajo las lógicas de la economía política heterodoxa, quedó en evidencia cómo el
ordenamiento legal dejó de incentivar la inversión productiva para convertirse en garante
de privilegios financieros transables. Esta transformación de los marcos institucionales
facilitó que la rentabilidad del capital (r) superara sistemáticamente al crecimiento
económico real (g). La tesis de Piketty (2014) demostró que, cuando los rendimientos del
patrimonio acumulado excedieron la tasa de crecimiento de la producción y los salarios,
la concentración de la riqueza tendió a profundizarse de manera inevitable. Dicha
asimetría se intensificó bajo la dinámica del estado de consolidación teorizado por Streeck
(2016), espacio donde las estructuras públicas se reconfiguraron para priorizar las
exigencias de los mercados financieros y acreedores globales por encima de los derechos
sociales de la población.
A esta distorsión estructural se sumó la insuficiencia de la contabilidad
macroeconómica convencional, centrada exclusivamente en el registro de flujos